Interpretación de Copenhague (Wigner)
Explicación
La mecánica cuántica describe los sistemas físicos mediante funciones de onda que contienen todas las posibilidades hasta que algo obliga al sistema a adoptar un valor definido. Ese «algo» se llama medición o colapso, y su naturaleza ha sido uno de los misterios centrales de la física del siglo XX. En la década de 1930, el matemático John von Neumann mostró matemáticamente que, sigamos la cadena causal hasta donde la sigamos —aparato, cable, ojo, retina, nervio óptico, neurona cortical— el colapso nunca aparece espontáneamente en el formalismo. Tiene que ser introducido por convención en algún punto.
Eugene Wigner, físico húngaro premio Nobel, tomó esta observación muy en serio en 1939. Si la ecuación de Schrödinger es universal y gobierna cualquier sistema físico, entonces cualquier proceso puramente físico (incluidos ojos y neuronas) puede describirse como un proceso cuántico sin colapso. ¿Dónde, entonces, se rompe la superposición cuántica y se produce un hecho definido? La respuesta provocadora de Wigner fue: en la consciencia del observador. Solo cuando una mente consciente toma conocimiento del resultado, la función de onda colapsa.
Para hacer intuitivo el argumento, Wigner propuso el experimento mental conocido como «el amigo de Wigner». Imagina que un amigo realiza una medición dentro de un laboratorio y anota el resultado. Tú estás fuera. Para ti, antes de que tu amigo te cuente nada, todo el sistema (átomo + aparato + amigo + libreta) estaría en una superposición: amigo-que-vio-arriba sumado a amigo-que-vio-abajo. Solo cuando te informa se actualiza tu estado epistémico. Pero Wigner no lo leía solo como actualización de conocimiento: para él, la consciencia del amigo ya había colapsado el sistema desde dentro.
La consecuencia filosófica es enorme. Si la consciencia colapsa funciones de onda, entonces no es un epifenómeno producido por la materia, sino un factor constitutivo de la realidad física. La física fundamental quedaría, en cierto modo, incompleta sin mente. Algunos interpretaron esta idea en clave idealista (la realidad se actualiza ante la mirada de la mente), otros en clave dualista (hay una distinción ontológica entre lo mental y lo físico), y otros como una invitación a pensar la mente como parte del mobiliario básico del universo, como en ciertas líneas panpsiquistas.
La interpretación tiene problemas serios. El más importante es la decoherencia: cuando un sistema cuántico interactúa con un entorno grande y caliente (como un aparato de medida o un cerebro), las superposiciones se dispersan tan rápidamente que, a efectos prácticos, hay colapso sin necesidad de invocar a ningún observador consciente. Además, la idea resulta incómodamente antropocéntrica: ¿colapsan los gatos?, ¿los insectos?, ¿los ordenadores?, ¿colapsaba algo antes de la aparición de vida en el universo? Estas preguntas han empujado a la mayoría de los físicos hacia interpretaciones sin consciencia.
Aun siendo minoritaria hoy, la interpretación de Wigner dejó una huella duradera. Alentó a físicos como Henry Stapp, Roger Penrose o Stuart Hameroff a buscar conexiones profundas entre consciencia y mecánica cuántica, dio pie a interpretaciones idealistas contemporáneas (QBism, Rovelli en cierta lectura) y devolvió a la mesa la vieja pregunta por el lugar de la mente en la naturaleza. Incluso para quienes la rechazan, cumplió una función valiosa: recordar que el problema de la medición sigue abierto y que no está claro que una descripción puramente física pueda dar cuenta de todo lo real.
Puntos fuertes
- Toma en serio el problema de la medición.
- Reconoce el papel del observador en física fundamental.
- Inspiración para teorías cuánticas de la consciencia.
- Articulada por físicos de primer rango.
Principales críticas
- Decoherencia explica el colapso aparente sin necesidad de consciencia.
- Antropocentrismo problemático.
- Mayoritariamente abandonada en física contemporánea.
- Confunde epistemología con ontología, según críticos.